Skina, Yayo Daporta, Compartir y Sollo tienen en común una sala pequeña, un cocinero comprometido y la convicción de que la alta cocina no necesita ser grande. Un argumento contra la inflación del formato.

Existe una paradoja en el estado actual de la alta cocina española que merece ser nombrada: los restaurantes más influyentes del sector —los que aparecen en los rankings internacionales, los que generan titulares en los congresos, los que forman a los cocineros que formarán a la siguiente generación— son, en su mayoría, proyectos de escala media o grande. Smoked Room con doce plazas es la excepción que confirma la norma. La mayoría tiene entre cuarenta y cien comensales por servicio, varios equipos de sala y cocina, presupuestos de materia prima que requieren una ocupación sostenida para ser sostenibles.

Y sin embargo, algunos de los restaurantes que producen la mejor cocina de España caben en veinte plazas. Son proyectos que no están en el podio del 50 Best ni en los primeros puestos del FINEST, que reciben una estrella Michelin o dos y ninguna llamada de los organizadores de los grandes congresos, que trabajan con los mismos proveedores todos los años porque no tienen capacidad para cambiarlos sin comprometer el menú. Y que son, en la práctica, los restaurantes más honestos que existen.

Skina: nueve mesas, doce pases, cero artificios

Marcos Granda lleva en [Skina](/restaurante/skina-marbella), en [Marbella](/ciudades/marbella), desde 2007. Diecinueve años en la misma sala de nueve mesas, con el mismo énfasis en el producto del Mediterráneo malagueño, con la misma lógica de sustracción que lo ha definido desde el principio: menos ingredientes, más concentración de sabor. El menú actual tiene doce pases. Ninguno tiene más de cuatro componentes en el plato. Eso no es austeridad por principio: es comprensión de que cada elemento adicional que añades a un plato tiene que justificar su presencia con un argumento concreto, no con una intención.

Lo que Granda ha conseguido en Skina es difícil de conseguir en un espacio pequeño: la coherencia de veinte años sin que el proyecto haya perdido tensión ni urgencia. Hay restaurantes pequeños que se vuelven cómodos con el tiempo, que se instalan en lo que ya saben hacer y que gradualmente dejan de correr riesgos. Skina no es uno de ellos. El menú de esta temporada incorpora preparaciones con productos que Granda no había trabajado antes —el erizo de mar de la bahía de Málaga tratado con una acidez que lo abre en lugar de domarlo, la raya de la almadraba con una salsa de sus propios vísceras que resulta más honesta que agresiva— con la misma concentración técnica de siempre.

Granda no da muchas entrevistas. Cuando las da, dice lo mismo: que no hay secreto, que el producto tiene que ser bueno y que hay que saber dejarlo en paz. Esa simplicidad es, en el contexto de la alta cocina española de 2026, casi subversiva.

Yayo Daporta: el marisco de las Rías Baixas con criterio propio

[Yayo Daporta](/restaurante/yayo-daporta-cambados), en [Cambados](/ciudades/cambados), es uno de los restaurantes que más deliberadamente ha ignorado los ciclos de moda de la alta cocina española. Igor Rodríguez Daporta lleva en la cocina de ese caserío del casco histórico de Cambados desde que el restaurante abrió en 2004, con el mismo enfoque que tenía al principio: los percebes de Rúa, el berberecho de Carril, la vieira del Ribeiro, el pulpo de Bueu cocinado en su propio jugo con una lentitud que no tiene equivalente en ningún otro restaurante de la ría.

Lo que [Yayo Daporta](/restaurante/yayo-daporta-cambados) ha construido a lo largo de veinte años es una forma de entender el marisco gallego que no tiene que ver con la exhibición ni con la técnica por la técnica. El percebe de Rúa llega a la mesa en una olla de barro con el agua del mar en que se recogió esa misma mañana y el calor que tarda cuatro minutos en penetrar hasta la carne. No hay más. No necesita más. El riesgo de ese planteamiento —y el mérito cuando funciona— es que no hay dónde esconderse: si el percebe no es el percebe que debe ser, el plato no funciona. Rodríguez Daporta lleva dos décadas en las que el percebe es el percebe que debe ser.

La bodega de Yayo Daporta es, por razones obvias, una de las mejores selecciones de vino gallego de la alta restauración española: Albariños del Salnés, Godellos del Valdeorras, Mencías del Ribeira Sacra que raramente aparecen en las cartas de los restaurantes que reciben más atención mediática. Esa bodega es, también, una declaración de intenciones sobre el territorio.

Compartir: la alta cocina que no reclama serlo

[Compartir](/restaurante/compartir-cadaques) abrió en [Cadaqués](/ciudades/cadaques) en 2011. Los tres socios fundadores —[Eduard Xatruch](/protagonistas/cocineros/eduard-xatruch), [Oriol Castro](/protagonistas/cocineros/oriol-castro) y [Mateu Casañas](/protagonistas/cocineros/mateu-casanas)— lo diseñaron deliberadamente como la antítesis de su experiencia en elBulli: sin menú cerrado, sin protocolo rígido, sin la solemnidad de la gran experiencia gastronómica. Una sala abierta al Mediterráneo, platos para compartir, buena materia prima del litoral ampurdanés, vinos que el comensal puede entender sin glosario.

Lo paradójico es que Compartir, que no aspira a la categoría de la alta cocina, produce con frecuencia platos que cualquier restaurante de tres estrellas serviría con orgullo. El arroz de galera, el ceviche de ostra de Cap de Creus con leche de tigre de albariño, la ensalada de tomates de El Vendrell —tomates de mediados de agosto, insólitamente pesados, con una acidez que no necesita vinagre— son preparaciones que tienen la misma exigencia técnica que el trabajo del Disfrutar barcelonés, sin el aparato del menú degustación.

Ese desajuste entre la ambición del plato y la informalidad del formato es, en Compartir, completamente deliberado. Los tres cocineros que lo gestionan —o que lo gestionaron antes de que el éxito de Disfrutar reclamara más de su tiempo— entienden que hay una forma de alta cocina que no necesita anunciarse como tal. Y que a veces, cuando no se anuncia, funciona mejor.

Sollo: el agua dulce en el centro

[Diego Gallegos](/protagonistas/cocineros/diego-gallegos) abrió [Sollo](/restaurante/sollo-benalmadena) en [Benalmádena](/ciudades/benalmadena) con una propuesta que en el circuito gastronómico español resulta todavía infrecuente: una cocina centrada en los peces de agua dulce, especialmente el esturión de las granjas acuícolas de Guadalmina, en la Serranía de Ronda. Gallegos, de origen brasileño y formado en la alta cocina española —Martín Berasategui, El Celler de Can Roca, varios restaurantes de Andalucía—, llegó al esturión por casualidad y se quedó por convicción.

El caviar de esturión de Guadalmina —uno de los pocos caviar de producción española con calidad comparable a los iranios y rusos— aparece en el menú de Sollo no como ingrediente de lujo sino como consecuencia lógica del animal: si el esturión está en la cocina, el caviar también. El resto del pez —la carne de textura firme y sabor limpio, la grasa intramuscular de alta calidad, las partes que en las granjas habituales se descartan— se trabaja con una precisión que habla de años de conocimiento de un producto que la mayor parte de los cocineros españoles nunca ha tenido entre manos.

Sollo tiene una estrella Michelin. Tiene veinte plazas. Tiene un cocinero que lleva una década en la misma dirección, con el mismo producto, sin que la ausencia de un segundo estrella haya cambiado el menú en ninguna dirección estratégica. Eso, en el contexto actual, es una declaración.

Lo que tienen en común y lo que no tienen

Skina, Yayo Daporta, Compartir y Sollo no forman una escuela. No han cocinado juntos, no se citan mutuamente como influencias, no pertenecen a la misma tradición culinaria ni al mismo territorio. Lo que tienen en común es más estructural: son proyectos en los que la escala no ha crecido más allá de lo que el cocinero principal puede controlar con sus propias manos, en los que el número de plazas es una elección y no una restricción, en los que el menú no sirve a la capacidad del local sino al contrario.

En el debate sobre el futuro de la alta cocina española —que en los congresos adopta la forma de pregunta sobre la sostenibilidad económica del modelo—, estos cuatro restaurantes ofrecen una respuesta que no pasa por la expansión ni por el grupo: la de que un restaurante pequeño, con cocinero comprometido y producto de primer nivel, puede ser económicamente viable y artísticamente serio al mismo tiempo. La condición es que el cocinero sepa lo que quiere y tenga la voluntad de no querer más de lo que puede controlar.

Esa voluntad es, en 2026, más escasa de lo que parece. Y más valiosa de lo que los rankings reconocen.

Manuel Jiménez

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